Artículo de Irene Álvarez
Una obra que transita por la historia, la fantasía, el humor y la memoria para plantearse qué nos hace verdaderamente humanos.
Hay escritores que cuentan
historias y escritores que, además, nos obligan a preguntarnos qué hay detrás
de ellas. Asier Aparicio Fernández pertenece a esa segunda categoría. Su
literatura, publicada en buena parte por M.A.R. Editor y Ediciones Irreverentes,
se despliega por géneros muy distintos, pero mantiene una preocupación
reconocible: el ser humano enfrentado a sus contradicciones, a sus ambiciones,
a sus miedos y, sobre todo, a la posibilidad de conservar su dignidad.
En sus libros hay una mirada
que no se conforma con la superficie de los acontecimientos. La historia le
sirve para hablar del presente; la fantasía, para iluminar la realidad; el
humor, para desnudar la hipocresía; y la literatura, para recuperar aquello que
la violencia, el fanatismo o el paso del tiempo amenazan con borrar. No
estamos, por tanto, ante una obra que busque únicamente la recreación de
ambientes o el entretenimiento argumental. Hay una voluntad de interpretación
del mundo.
Quizá ninguna imagen exprese
mejor esa intención que la que propone en Ex humo, su obra teatral
publicada por Ediciones Irreverentes. En ella, un papa muerto es desenterrado
para ser juzgado por sus enemigos. La historia del llamado Concilio cadavérico,
celebrado en la Roma de finales del siglo IX, proporciona al autor un material
dramático extraordinario. Pero lo verdaderamente interesante es la lectura que
hace de ese episodio: el poder no se conforma con vencer a sus adversarios;
necesita humillarlos, incluso cuando ya no pueden defenderse y nos muestra un
claro paralelismo con los odios y venganzas de la España del X.XXI que aún vive
en plena Guerra Civil, o al menos la usa para manipular a las masas.
El cadáver de Formoso
sentado en el banquillo constituye una de esas imágenes que permanecen en la
memoria del espectador. Es una representación brutal de la voluntad de dominio,
de la manipulación de la justicia y de la transformación del adversario en enemigo
absoluto. El juicio deja de ser un procedimiento para buscar la verdad y se
convierte en una ceremonia de venganza. Aparicio nos habla así de una
enfermedad antigua que no ha desaparecido: la capacidad de los seres humanos
para utilizar las instituciones, las creencias y hasta la memoria con el
propósito de justificar sus propias ambiciones. Lo verdaderamente inquietante
no es que aquella historia sucediera hace más de mil años, sino reconocer que
sus mecanismos siguen siendo inteligibles en nuestro tiempo.
La segunda pieza del
volumen, El cordel, aborda desde la comedia otra manifestación de esa
misma preocupación. Dos campesinos pierden una herramienta de trabajo y,
alrededor de su desaparición, aparecen quienes pretenden aprovecharse de la
situación. El contraste con Ex humo resulta significativo: donde el
drama muestra la violencia del poder en su expresión más descarnada, la farsa
revela sus pequeñas trampas cotidianas. La comicidad no suaviza necesariamente
la crítica; la hace más penetrante. Reírse de los aprovechados, de los
manipuladores y de quienes viven a costa del esfuerzo ajeno es también una
forma de defender la dignidad de las personas sencillas.
Esta defensa de quienes
quedan a merced de fuerzas que los superan aparece de nuevo en ¡Quédate, Mr.
Marshall!. La desaparición de la principal empresa de un pueblo deja al
descubierto la fragilidad de las comunidades dependientes de decisiones
económicas tomadas lejos de ellas. Bajo la apariencia de una comedia, la obra
plantea una cuestión profundamente humana: ¿qué ocurre cuando un territorio
pierde su trabajo, su futuro y la confianza en sus propias posibilidades? La
España vaciada deja de ser una expresión estadística para convertirse en una
experiencia de desarraigo. Los habitantes de Villar del Río no representan
solamente a un pueblo ficticio; encarnan a tantas personas que ven cómo su
mundo se desmorona mientras los discursos oficiales continúan hablando de
progreso.
En Matar la voz,
Aparicio se adentra en otro de los grandes asuntos de nuestro tiempo: la
libertad de expresión. La manipulación informativa, el sensacionalismo y la
renuncia del periodismo a su responsabilidad social aparecen como amenazas a la
capacidad de pensar libremente. La voz que se intenta silenciar no es
únicamente la de un personaje, sino la de cualquier ciudadano que necesita
información veraz para comprender su realidad. Aquí el humanismo del autor
adquiere una dimensión cívica: defender la palabra significa defender la
posibilidad de disentir, de pensar y de no aceptar pasivamente los relatos que
otros construyen.
La memoria histórica
encuentra una expresión especialmente significativa en Anaiak. Un buen
español. Situada en el frente norte de la Guerra Civil, la obra presenta un
territorio donde conviven lealtades, ideales y concepciones enfrentadas de
España. Lo interesante de esta aproximación es la posibilidad de observar cómo
las grandes palabras —patria, revolución, tradición, autonomía, libertad—
pueden convertirse tanto en motivos de entrega como en instrumentos de
enfrentamiento. La fraternidad sugerida por el propio título adquiere entonces
un sentido doloroso: quienes deberían reconocerse como hermanos terminan
separados por identidades irreconciliables. La literatura puede devolver
complejidad a una historia que las simplificaciones ideológicas suelen reducir
a bandos y consignas.
En la narrativa de M.A.R.
Editor encontramos una preocupación básica en su obra: la necesidad de
preservar la memoria de los lugares y de las personas. Las voces y las
piedras, La espada cincel, Barcos en la llanura, Tesela
y El árbol nazarí muestran el interés de Aparicio por la historia, el
patrimonio y la identidad. El paisaje no es solamente geografía: es tiempo
acumulado, herencia, experiencia y pertenencia. En una época en que tantos
lugares parecen condenados a desaparecer de la memoria colectiva, escribir
sobre ellos constituye también un acto de resistencia contra el olvido. Asier Aparicio
es no sólo la memoria de Castilla, e la memoria de España; una España que no se
mira a sí misma, sino que busca luces de colores que la deslumbren.
En Crónicas lunáticas,
el humor y la ironía permiten observar nuestras contradicciones sin renunciar a
la ternura. Aparicio parece sugerir que comprender al ser humano exige aceptar
también su absurdo, sus debilidades y sus pequeñas derrotas. Ese interés por el
encuentro con el otro se prolonga en Conversaciones con Líber, donde la
tradición literaria se convierte en una conversación entre épocas, autores y
personajes. Los clásicos y los referentes populares comparten espacio porque la
cultura no debería establecer fronteras infranqueables entre lo culto y lo
popular. Leer significa entrar en contacto con otras conciencias, ampliar
nuestra experiencia y descubrir que nunca estamos completamente solos en
nuestras preguntas. Por sus páginas desfilan Sócrates, Platón, Homero, Ulises, Aquiles, Kafka, Virginia Woolf, Arthur Miller y otras
referencias de nuestra cultura.
Y cuando se dirige a los
lectores jóvenes, en la saga Ventolino, la fantasía adquiere una función
igualmente humanista. La aventura permite explorar el valor de la amistad, la
confianza, la diferencia y la capacidad de superar los propios límites. No se
trata de ofrecer un mundo sin dificultades, sino de mostrar que la imaginación
puede ayudarnos a enfrentarlas.
Al contemplar el conjunto,
descubrimos que los distintos géneros de Asier Aparicio están unidos por una
misma inquietud moral. El papa desenterrado, los campesinos engañados, los
habitantes de un pueblo abandonado, quienes luchan por conservar su voz, los
personajes atrapados en las heridas de la historia y los jóvenes que descubren
mundos nuevos forman parte de una misma indagación: qué sucede con la dignidad
humana cuando intervienen el poder, el miedo, el egoísmo o el olvido. La
literatura de Aparicio no ofrece una humanidad idealizada. Le interesa
precisamente porque es contradictoria. Su apuesta consiste en mostrar sus
miserias sin perder la confianza en sus posibilidades. Y en esa tensión entre
denuncia y esperanza, entre memoria y futuro, entre humor y tragedia, reside
una de las claves de su proyecto literario.
Porque, en definitiva,
desenterrar a un papa para juzgarlo, rescatar la memoria de un pueblo o impedir
que alguien silencie una voz son gestos literarios distintos que apuntan hacia
una misma convicción: ninguna persona, ninguna historia y ninguna verdad
deberían quedar a merced de quienes ejercen el poder de borrar, manipular o
condenar al olvido. Su prosa y su contenido le convierten en uno de los
escritores españoles más importantes de la actualidad.















