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9.8.17

Libro de relatos eróticos: Historias de Isabel, de Félix Díaz González

En Historias de Isabel se plantea la relación de Isabel y Marco, 30 años casados, en cuyas vidas las fantasías eróticas son la nota predominante. Cuando apenas llevaban dos años de matrimonio a ella le detectaron un tumor canceroso en el útero y le extirparon todos los órganos sexuales. Tuvieron que reinventarse la vida, así que ella apostó por revivir su sexualidad contándole historias eróticas que crearon una nueva intimidad entre los dos. Esas historias conforman este libro de relatos, desde el exhibicionismo hasta la infidelidad, desde el voyeurismo hasta el sexo salvaje o el sexo mezclado con humor. Esta obra de Félix Díaz González ganó el V Premio Incontinentes de Narrativa erótica. Junto al valor literario de la obra y a su erotismo, el jurado de Ediciones Irreverentes ha valorado el valor ético y de lucha de la protagonista de este libro, que adopta una decidida apuesta por la vida, a pesar de todas las dificultades. El autor destaca como principal órgano sexual de la mujer su inteligencia, rompiendo todos los estereotipos de la literatura erótica al uso. No es su cuerpo, sino su cerebro, el origen del deseo. Este libro son las historias que ella inventó para excitar a su esposo. Una inconmensurable declaración de amor y de goce de la vida a pesar de los pesares. Aumentan el tono erótico de Historias de Isabel las ilustraciones de Félix Alfonso Olmos.

El autor: FÉLIX DÍAZ GONZÁLEZ
(Caracas, 1955, reside en Santa Cruz de Tenerife)
Ha publicado quince libros, entre ellos las novelas Titanes, Como el Fénix, Bentorán, Crónicas de Bistularde, Aislados y Vuelta a la tierra. También escribe relatos, como los publicados en Naufragios y en Draco y otras historias, y ha participado en diversas antologías, entre las que cabe citar Eros de Europa y América, Relatos fotoeróticos, Voyeur... de Ediciones Irreverentes.


18.2.16

Con la actuación de Paca Gabaldón y Ana Turpin. Ediciones Irreverentes presenta la comedia de José Pavón "La serpiente putón"

Para amantes del TEATRO y la COMEDIA. El próximo lunes, 22 de febrero, a las 19,30h,  Ediciones Irreverentes presenta (con lectura dramatizada) en la Casa del Libro de Fuencarral, 119, (Madrid) la muy irreverente comedia de José Pavón La serpiente putón Con la actuación de las actrices Paca Gabaldón y Ana Turpin y las explicaciones pertinentes de Miguel Ángel de Rus y del autor, José Pavón.
            Durante el rodaje de una película, la famosa actriz Doris del Lago –que será interpretada por Paca Gabaldón, cocainómana, bisexual y carente de principios, se enamora perdidamente de su nueva camarera cubana, interpretada por Ana Turpin. Están juntas en la suite del hotel, vistiéndose para celebrar una cena íntima. Doris, obcecada en gozar de la joven Estrella, hará de todo por poseerla, incluso drogarla, y logrará verla desnuda, disfrutar de su cuerpo, pero no siempre las cosas salen como se planean y a veces, a una diva se le puede escapar la mano en un brote de ira y violencia.
            Y ahí entran en escena personajes con tan pocos escrúpulos como ella: el productor, el director, que harán cualquier cosa para que el rodaje salga adelante y no se pierda ni la inversión ni sus sueños. Sólo hay una persona con algún concepto ético, la asistente personal de Doris del Lago, que está horrorizada, pero que no puede evitar participar porque ella es quien compra las drogas de la actriz, entre otras cosas que prefiere ocultar. La entrada en escena de un cocinero chino nos pondrá al día de las más sofisticadas perversiones de los muy ricos y poderosos; perversiones que no podemos llegar a imaginar y que en estas páginas quedan para la historia de la infamia humana. Es, sin duda, una comedia ácida, corrosiva, cruel y excitante.




  Ana Turpin y Paca Gabaldón

El autor: JOSÉ PAVÓN
(Madrid, 1952) Profesional de una larga y muy exitosa trayectoria. Es director del largometraje Deseos, y director de series de ficción como Colegio Mayor, Escenas de matrimonio, Paco y Veva, Venganza de amor, Ala… Dina, A las once en casa, Aquí hay negocio, Habitación 503 y Menos lobos. Realizador de programas musicales con Tina Turner, Joe Cocker, Gloria Stefan, Julio Iglesias o Celia Cruz, entre otros. Realizador y guionista de documentales sobre Siria, Sicilia, Panamá y El Salvador. Realizador de documentales sobre Mujeres en la Historia y realizador de 26 capítulos de Cruz y Raya. Ha dirigido programas de fin de año en TVE y ha realizado varias óperas como Medea, Tosca, Rigoletto y Madame Butterfly.


Todo sobre La serpiente putón http://www.edicionesirreverentes.com/teatro/serpienteputon.html

15.9.15

Los riesgos de buscar sexo por Internet en la novela “Demonios en el teclado”, de Froilán Sánchez

P.-¿Por qué se ha decidido a escribir un libro sobre contactos por internet?
R.- Creo que cuando alguien se decide a escribir un libro es porque considera que tiene algo interesante que decir. Este ha sido mi caso; sin un mensaje de fondo que  transmitir jamás me hubiera animado a escribir Demonios en el Teclado. Lo que quiero comunicar es que recurrir a internet, con la intención de conocer a personas para establecer relaciones sexuales, dada la facilidad con la que se accede a este medio, tiene sus riesgos, y no pocos. En función del tipo de encuentro que se pretenda, el riesgo puede ser mayor o menor, pero siempre está presente.

P.-Aborda el tema de los intercambios de pareja, modalidad de contacto al cual era muy aficionado Henri, uno de los personajes del libro. ¿Podríamos decir que Henri era un adicto al sexo?
R.- Cuando ideé el personaje de Henri no pretendí que fuese un hombre con adicción sexual y a lo largo de su intervención en la novela en ningún momento nos hace sospechar que pudiera serlo. Aficionado al sexo sí, pero no adicto. En mi trabajo como médico especializado en temas sexológicos he estudiado algunos pacientes con este tipo de adicción y todos ellos tienen un perfil muy característico.

P.- ¿Podría referir cual son las características habituales de las personas adictas al sexo?
R.- Estas personas, la mayoría hombres, son acosados por pensamientos obsesivamente relacionados con temas sexuales, o por la necesidad de practicar sexo, cada vez más frecuente. Necesitan aumentar paulatinamente “la dosis” que se les va quedando corta para saciar su intenso deseo sexual. Sufren, además, una pérdida de control de sus actos sexuales y fracasan una y otra vez en sus intentos de limitar esta actividad, aun siendo conscientes de los efectos negativos que reconocen con tal comportamiento.
Y, pese a todo, no viven su sexualidad como algo placentero, jamás se dan por satisfechos, excepcionalmente pueden lograr una cierta satisfacción, siempre efímera. Inmersos en su delirio, las personas adictas al sexo dedican casi todo su tiempo a esta actividad y lo hacen de un modo obsesivo, desatendiendo obligaciones sociales o profesionales, con los problemas que ello les acarrea o les acarrearán en un futuro no lejano.

P-¿Es Demonios en el Teclado una novela erótico-policíaca?
R.-Así lo creo. Los personajes, la acción, el desarrollo de los acontecimientos, la descripción de los hechos, tanto como las pruebas periciales que inculpan a los personajes principales, incluso la intervención de la policía y de la guardia civil, inducen a considerar a “Demonios” como una novela policíaca con altas dosis de erotismo.  Los crímenes que en el transcurso de la acción suceden le confieren unos matices propios de dicho género, al situar al protagonista en un laberinto de angustia, pasión y muerte del que no puede escapar. El hecho de que el móvil de los asesinatos sea alguna debilidad humana: rabia, celos, lujuria, etc., son razones que se suman a las anteriores y corroboran la inclusión de Demonios en el Teclado entre las novelas del género negro.

P.-Sus descripciones de algunas situaciones, especialmente las sexuales, son muy explícitas. ¿Se la podría considerar una novela erótica?
R.- Me gusta describir minuciosamente las diferentes situaciones que se suceden a lo largo de la trama; también las sexuales. En mi trabajo, compruebo cada día como los tabúes y los mitos sexuales, aunque en retroceso, siguen estando presentes en muchas personas. Creo que es necesario otorgar a la sexualidad una connotación de normalidad, por eso, consideré oportuno describir con detalle este tipo de escenas y el resultado final me parece que es elegante, rehuyendo de descripciones o matices que rayen lo escatológico, lo vulgar o lo obsceno, respetando siempre a los personajes, situando a mujeres y hombres al mismo nivel, evitando cualquier dominio o distinción por razones de género.  En relación a si se puede considerar o no una novela erótica, creo que leer e imaginar escenas sexuales, descritas con respeto pero ponderando la pasión, siempre resulta erótico. Esta novela, claro que es erótica. En absoluto era este el objetivo, pero finalmente así ha sido.

P.-Parece que en esta era digital hay poco espacio para las pasiones ¿qué opina al respecto?
R.-Las pasiones son consustanciales al individuo, y su intensidad no mengua con el uso de internet y los medios digitales, antes al contrario. El amor, el odio, los celos, la envidia, el ansia de poder, la avaricia, etc., están ahí, agazapadas, por ejemplo, en las redes sociales, y pueden resultar beneficiosas cuando se persigue una buena causa, pero extremadamente peligrosas si se desbordan y dirigen el pensamiento y la conducta de las personas con fines malévolos.

P.- ¿Qué nos dice de las dificultades sexuales de Camil, nuestro protagonista?
R.-Camil sufre eyaculación precoz, un problema sexual frecuente entre los hombres, y la ansiedad que experimenta cuando se relaciona con la mujer de la que está enamorado acelera sus “tiempos” y precipita la eyaculación.  Esta es una situación habitual en los pacientes que sufren este tipo de problemas, y que les provoca una gran inseguridad al desconfiar de su capacidad para salir airosos de un encuentro sexual. Camil, con buen criterio, puso remedio a sus dificultades acudiendo a un médico sexólogo. No todos los hombres son tan sensatos.

P.-Sus descripciones del entorno de la Albufera de Valencia nos inducen a pensar que admira dicho lugar. ¿Es así?

R.- En efecto. En general admiro la naturaleza y, por supuesto, la Albufera, un lugar casi mágico como describo en la novela. Este lago es un prodigio natural, una encrucijada de aguas que antiguamente tan solo por rebosamiento se vertían al mar. Desde hace siglos, la mano del hombre juega en su provecho con ese singular fenómeno, permitiendo, a través de su control mediante una serie de golas, que cultivos como el arroz o los naranjos florezcan.  

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29.3.15

Pizza doble, relato erótico de Félix Díaz

David llevaba unas cinco semanas como repartidor de pizzas a domicilio, y estaba satisfecho con su trabajo. Ganaba suficiente para ahorrar un dinero que, esperaba, le serviría para independizarse en unos cuantos meses. Entretanto, vivía con su madre y guardaba casi todo lo que ganaba; eso sí, ya no podía contar con la semanada que ella le daba, así que recurría a su sueldo para los pequeños gastos.
Trabajaba para PizzaRapid, una de las numerosas empresas de comida a domicilio que había en la ciudad. En ocasiones se encontraba con las motos de algún competidor, y más de una vez jugaron a ver quién salía más rápido en los semáforos. Hasta ahora había salido bien librado, aunque reconocía haber cometido alguna que otra infracción de tráfico.
Llegó al portal que marcaba la dirección que le habían dado. Le llamó la atención la presencia de otra moto, ésta de ExpressPizza, uno de sus odiados competidores.
Sólo por si acaso, leyó de nuevo la dirección. Estaba correcta, era aquel portal.
¡En fin! Allí había varias viviendas, así que podría ser casualidad que algún otro vecino llamara a la competencia.
Tocó en el portal. Era el 6º izquierda.
—¿Sí? —dijo una voz de mujer. David suponía que le estarían viendo a través de la cámara. Pero de todos modos contestó.
—Pedido de PizzaRapid.
—Sube. Si te das prisa, tal vez coincidas con tu compañero.
A David le extrañaron esas palabras, pero no les dio mayor importancia. Entró y se dirigió al ascensor, que estaba justo enfrente al portal.
Allí esperaba el otro repartidor, con el uniforme de ExpressPizza. Aguardaba la llegada de la cabina del ascensor, con su bolsa roja reglamentaria.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó David, en plan provocativo.
—Lo mismo que tú, gilipollas. ¿A qué piso vas?
—Al sexto. ¿Y tú?
—Al mismo.
El ascensor se detuvo. El otro se introdujo el primero, pero David no esperó para hacer lo propio.
—Supongo que no te molestará que te acompañe —dijo, en tono beligerante.
—Claro que no. Las pizzas hay que repartirlas rápido. Por cierto, me llamo Paco, ¿y tú?
—David.
No se dijeron ni una palabra más mientras el aparato subía. Cada uno aguardaba el primer movimiento de ataque del otro, en un lado de la cabina.
Por fin, se detuvo el ascensor. No hubo ataque por parte de ninguno de los dos. David salió el primero, y Paco no esperó ni un segundo.
David dudó en el pasillo. Había tres puertas, cada uno con su placa «Derecha», «Centro», e «Izquierda». Se dirigió hacia esta última.
Casi ni se fijó en que Paco hacía lo mismo.
Llegaron juntos a la puerta. Paco tocó el timbre, antes de que David pudiera hacerlo.
Debían de haberlos visto a través de la mirilla, porque la puerta se abrió sin preguntar quién era. Una mujer de unos cuarenta o cincuenta años (David era malo para calcular la edad de las mujeres, y todas las maduras les parecían de la misma edad), les dejó pasar.
—¡Qué bien, los dos a la vez! ¡Pasad, chicos, pasad!
—Disculpe, señora, pero ¿no habrá un error? Lo digo por mi compañero aquí presente —preguntó David.
—El único equivocado aquí eres tú, gilipollas —exclamó Paco.
—¡No os enfadéis, chicos! —intervino la señora—. No hay error alguno. Yo pedí una pizza a PizzaRapid y otra a ExpressPizza. Espero que no os molestéis, porque pienso pagar las dos.
—Si es así… —contestó Paco.
David no replicó.
—Dejad las pizzas en la mesa —dijo la mujer—. Por cierto, me llamo Marisa y quería haceros una propuesta. A los dos —recalcó esto último.
Paco y David sacaron sus respectivos pedidos y los depositaron sobre la mesa del salón.
David echó un vistazo rápido a su alrededor. Vio algunas fotos enmarcadas en un aparador, junto a una librería muy surtida y llena de libros desordenados; estaba claro que se leían los libros, no estaban de adorno.
Observó también unos muebles muy suntuosos, incluyendo un equipo de televisión de gran tamaño con altavoces, y varios reproductores, desde un anticuado de casetes hasta un bluray.
No le dio tiempo de seguir observando. Doña Marisa venía con dos billetes de 50 euros, uno en cada mano.
A David se le cayó el alma al suelo. ¡No tenía cambio!
—Esto es para vosotros —dijo la mujer.
—No tengo cambio, señora —observó Paco—. ¿No se le dijo por teléfono que debía tener el importe exacto? Las normas de seguridad…
—Todo eso lo sé, chico —cortó Marisa—. Podéis quedaros con el cambio, si me hacéis un favor. Los dos —otra vez el retintín al decir «los dos».
—¿De qué se trata? —preguntó David, mientras hacía cuentas mentales. La pizza eran 8 euros, lo que dejaba 42 netos para él… Esperaba que «el favor» no fuera nada difícil.
Paco no dijo nada, porque ya David lo había hecho por él. Y también hizo una cuenta similar en su cabeza.
—Veréis, chicos. Me encantan los pepperoni…
—Disculpe, doña Marisa, pero el encargo que me dieron no era de pepperoni —interrumpió Paco—. Era una «cuatro estaciones».
—La mía es de champiñones y jamón —observó David.
—No me refiero a pepperoni en las pizzas, chicos. Y, por favor, llamadme Marisa, sin el «doña».
—Me temo que no la entiendo, Marisa —indicó David, aunque una sospecha se empezaba a abrir en su mente.
—¿No seréis gais, por un casual?
—¡No, señora! —respondieron los dos, al unísono.
—Bien, porque me refiero a vuestros pepperoni. Y si os portáis bien, aquí tengo esto —enseñó un billete verde, de cien euros.
A David se le encendieron los ojos. Y de pronto fue consciente de que aquella mujer, Marisa, no estaba mal para ser una puretona. Aunque lo más seguro sería que le doblaba en edad, tenía buen cuerpo.
No se molestó en disimular la mirada que le echó de arriba abajo. Tenía el pelo rubio, no muy largo, enmarcando la cara redonda. Los labios gruesos, apetecibles. Un ligero rubor se marcaba en las mejillas, tal vez porque se sabía observada. No llevaba maquillaje, por cierto.
El cuello era corto, y acababa en un escote enorme, mostrando un sostén una o dos tallas menor que el que debía: aquellas tetas parecían querer salirse.
Vestía una bata de estar por casa, ligeramente transparente, a través de la cual se apreciaba la cintura, estrecha, y se vislumbraban unas braguitas más bien pequeñas. Las piernas eran torneadas, al igual que los brazos. Y calzaba unas zapatillas rosas, del mismo color que la bata.
Se dio cuenta de que Paco había estado haciendo lo mismo.
—¿Qué os parezco? —preguntó Marisa—. ¿Podéis quedaros un rato para que yo pueda probar esos pepperoni que ya noto en vuestros pantalones?
Era evidente que la excitación de David le estaba pasando factura. No quiso mirar, pero sospechaba que lo mismo le sucedía a Paco.
—Disculpe, Marisa, pero debo avisar a la empresa —observó David, echando mano de su teléfono.
Paco no tenía ese problema. En su empresa eran varios repartidores y si uno se retrasaba, habría otros para llevar los pedidos.
Pero en PizzaRapid sólo estaba David para los repartos.
Mientras la mujer abría la bragueta de Paco, David se daba toda la prisa que podía en marcar. Los nervios le jugaron una mala pasada y marcó un número erróneo.
Observando lo que hacían los otros dos, consiguió al fin comunicar con su empresa. Dio una justificación a su retraso «una cola de mil demonios y varios guardias, así que no puedo saltármela», y optó por ignorar los insultos y blasfemias de Gino, el encargado de atender al teléfono. Tal vez él tuviera que usar su moto para hacer los repartos, dejando a Julio, el cocinero, a cargo del teléfono. Una mala solución, sin duda.
Pero ver cómo Marisa se introducía en la boca una y otra vez el miembro de Paco le hizo olvidar todos sus problemas laborales. Buscando recuperar el tiempo perdido, se bajó los pantalones y los gayumbos. Ofreció su verga palpitante a Marisa, quien la tomó en sus manos.
Poco después, los tres estaban desnudos y en el sillón más grande del salón. Marisa se puso a cuatro patas, mientras David la penetraba por detrás y Paco por delante.
De pronto, la mujer se soltó, dejándolos a los dos a medias. Fue a la nevera y vino con un tarro de margarina.
—Tengo ganas de hacer algo que vi una vez en «El último tango en Paris» —dijo, a modo de explicación.
David no entendió nada. Aquella película no le era conocida.
Marisa humedeció el órgano de David y luego lo untó con margarina.
—Ponte aquí —le dijo, haciéndole acostarse boca arriba en el sofá.
Ella contempló el mástil erecto.
—Perfecto —dijo, y se lo insertó en su ano. Le costó un poco, y no pudo disimular un gesto de dolor.
—Ahora tú, Paco —añadió, ofreciendo su húmeda vagina al otro.
Paco no esperó un instante para penetrarla.
Marisa gemía de placer. Y David también. Nunca había sentido tanto gozo.
Paco también disfrutaba, y gritó sin control.
Los tres gritaron a la vez, y David sintió cómo se derramaba en el interior de la mujer.
Paco tardó unos segundos en hacer lo propio. Agotado, se dejó caer sobre Marisa, quien a su vez reposaba sobre David.
—Sándwich de pepperoni —exclamó la mujer, entre jadeos.
Poco después, los tres recogían las prendas de vestir, tiradas por el suelo. Los dos jóvenes tomaban sus bolsas de reparto, casi idénticas.
David recibió el billete verde, y para Paco fueron los dos de cincuenta.
—¿Y las pizzas, Marisa? —preguntó David antes de salir por la puerta, detrás de Paco. Ambas permanecían en sus cajas de cartón, y seguro que ninguna estaba ya caliente.

—Me encantan frías. Podéis iros tranquilos —les despidió.

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17.1.10

Quiero que me quieras, de Paloma del Palacio


Todos queremos que nos quieran y queremos querer, pero ¿cómo? Cada individuo inventa, en base a sus experiencias, una estrategia social, una forma de relacionarse, una manera de entender su cuerpo, las relacionessexuales, el amor, o la amistad. Piel por piel, pecados del corazón que nos atraen y nos empujan; pedazos desgarrados de nuestra alma que, a veces, enterramos en nuestro lado oscuro. Sin embargo resistimos, a pesar del silencio y de las heridas. La protagonista de Quiero que me quieras, Estrella, descubre siendo adolescente una gran pasión que transforma su mundo. Como mujer asume su cuerpo, su identidad sexual la moldea a partir de una pregunta: ¿por qué no? Es hija y le duele, es madre con todas sus consecuencias,es amiga para lo que sea y sobre todo amante; pero siempre intenta ser ella. Aunque, como todos, tiene miedo cuando alguien es capaz de desnudarla no solo el cuerpo, sino también el alma.Los personajes de esta novela se explican por sus silencios tanto como por sus aventuras; todos y cada uno de ellos piensan, viven, sienten, intentan ser algo para alguien y deciden buscar, escoger, y a veces entregarse aún sin creer del todo en quien les recibe. Quiero que me quieras es una novela en la que caben casi todas las formas de sexualidad; la heterosexualidad, la homosexualidad, el trío, el grupo, el voyeurismo, el masoquismo, los clubes de intercambio. Además, es una obra escrita desde una sensibilidad femenina, entrando no sólo en los placeres del cuerpo de la mujer, sino en los recovecos de su alma. Es, sin duda, una lectura con la que podrán identificarse muchas mujeres y que servirá de aprendizaje para muchos hombres de aquellos que creen que lo saben todo sobre los placeres femeninos. Siempre hay una mujer dispuesta a ir más allá.Paloma del Palacio (Madrid) se presenta como narradora con esta novela caliente y tensa que no dejará indiferente a ningún lector.

15 € - 168 páginasISBN: 978-84-96959-49-1

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