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31.12.14

Cuentos de navidad 11.- El día de los Inocentes, de Rafael Gonzalo Verdugo

“Y el rey Herodes ordenó matar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén, con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazareth, de quien se decía que estaba destinado a destronarle”.

–¡Qué historia más sanguinaria y más cruel! Tenemos que conmemorar este acontecimiento crucial en la pervivencia de nuestra fe. Lo llamaremos el Día de los Santos Inocentes. ¿Qué fechas quedan libres, Leonardo?
–El 28 de diciembre, Santidad. ¿Pero en qué consistirá la celebración a esta matanza?
–Pues… no sé. ¡Ah, sí! ¡Pasaremos el día gastando bromas a la gente!
(La Santa Madre Iglesia, 2.000 años demostrando sensatez y buen juicio)


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30.12.14

Cuentos de navidad 10.- Frente al espejo, de José Luis Ordóñez

Medianoche. Treinta y uno de diciembre. En el espejo, él estaba bien peinado, con un traje elegante y una sonrisa de triunfo dibujada en su rostro. Después me di cuenta. ¡Era yo! Pero no ahora sino dentro de diez años. ¿Sería posible? Desde luego, pero tendría que conservar aquel reflejo, capturarlo para siempre en una foto y así ser capaz de recordar al destino que el éxito era una realidad y no una fantasía. Sin embargo, para coger la cámara tendría que salir del marco del espejo y quizá cuando volviera ya hubiera cambiado. Eso pensaba cuando el espejo se rajó, el reflejo emergió de allí como un rayo y me cogió del cuello, impaciente.

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Madera podrida con un clavo oxidado http://www.mareditor.com/narrativa/MaderaPodrida.html

22.12.14

Cuentos de navidad 06.- Lo que el niño de ocho años había pedido a Papá Noel, de Nelson Verástegui

Los padres de Pedrito se sentían impotentes. No sabían cómo averiguar lo que el niño de ocho años había pedido a Papá Noel. Cuando lo invitaron a escribir la carta, contestó que ya la había enviado por el buzón del correo camino de su escuela. Estaba aburrido de que sus compañeritos se burlaran de él por creer en Papá Noel y había decidido pedirle algo muy diferente en secreto.
En realidad nunca había recibido exactamente lo que pedía. Nunca eran como los juguetes soñados. Una vez le trajo un saco de paño que no había pedido y que días atrás una tía se lo había medido en un almacén disimuladamente. Él lo reconoció pero todos le aseguraron que este sí era de Papá Noel. Pedrito esperaba impaciente. El cuento de que había escrito y enviado la carta era mentira, pero no importaba.
El día esperado había un regalo bajo el árbol de Navidad con una carta; los dos de Papá Noel. Decía que como no había entendido bien la letra, había tratado de adivinar el regalo, que ojalá le gustara, que Papá Noel no era mentira sino una forma de decirle cómo lo querían sus padres y que le serviría para desarrollar la imaginación para la vida adulta.
Pedrito reconoció de inmediato la escritura de su madre y la máscara de monstruo que le había gustado tanto unas semanas atrás pero que su padre no había querido comprarle. Pedrito había pedido mentalmente al Papá Noel que le enviara una prueba tangible de si existía o no. Como vio que su deseo se había cumplido, ahora estaba seguro de que Papá Noel SÍ existía.

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Las seis y una noches  http://www.edicionesirreverentes.com/narrativa/Verastegui6noches.html 
El baúl de Napoleón http://www.edicionesirreverentes.com/Cercanias/verastegui.htm 

Cuentos de navidad 05.- Un papá Noel cualquiera, de Óscar Fernández Camporro

¡Aaaaahhhhhh…!
¡Hum…, huuuuummm…!
¿Qué…, qué suena…, qué es eso?
¡Uf, joder, es el despertador!
Me giro y…, y noto que mi cabeza no está en su sitio.
Alargo el brazo y apago el despertador.
Mi cabeza…
Hago un esfuerzo y me siento.
¡Uuuufff…, mi cabeza…!
Ya…, ya recuerdo… Vagamente, pero recuerdo. Anoche me acosté tarde. Ese garito, esas guarras, esas copas…, esos amigos… ¡Menudos cabrones! A estos no hay manera de tumbarlos. Este grupo es muy peligroso, a estos no hay manera de tumbarlos… Con otros amigos que suelo ir de juerga, no pasa nada, son tranquilos..., pero estos…  Creo…, creo que montamos bronca, que…, ¡oooh, por Dios, cómo me duele la cabeza!
Anoche…, cuando volví a casa…, se me olvidó completamente desconectar el despertador. ¡Claro, coño, cómo iba a acordarme!... Y menos mal, porque hoy tengo mucho qué hacer.
Hoy es un gran día.
¡Es el cumpleaños de mi hija!
Seis.
Seis años ya.
¡La hostia, cómo pasa el tiempo!
Hoy…, hoy no es día de visita, pero he convencido a mi mujer para que me permita recogerla en el colegio. Iremos a comer a una hamburguesería de las que le gustan… ¿O no le gustan?... No sé…, espero que sí, a todos los niños les gustan las hamburguesas, ¿no?
Mi…
Uuff…, mi cabeza.
Necesito despejarme.
Vamos, chaval, levanta el culo.
Lo levanto. Y me visto con ropa de deporte. Una carrerita me ayudará a eliminar el alcohol. Pero una corta, ¿eh?..., de quince minutitos, no más, no de cuarenta, como las mañanas. Hoy solo diez, con eso bastará para despejarme.
Salgo a la calle.
¡Coño, qué frío!
A correr.
Todo nevado. Claro, estamos en navidad y hace un frío del carajo. Luego me pondré el traje de Papá Noel. A mi hija le hará ilusión verme disfrazado…, seguro…, ¿o no?... Bueno, espero que sí, Papá Noel gusta a todos los niños, ¿no?
Sigo corriendo.
Echo de menos a mi hija. Y a mi esposa también… Mejor dicho, a mi exesposa. Hace ya un año que me dejó. Y no lo entiendo, de verdad que no lo entiendo. Me recriminaba cosas, me hablaba de no sé qué…, que si de cariño, que si de respeto, que si de compromiso, que si de mi oficio…
¡Joder, pero qué coño quería de mí!
Yo las cuidaba, cuidaba que no les faltara de nada, siempre les daba dinero cuando me lo pedían, nunca negué unos billetes a mi esposa…, a mi exesposa. Y…, y a cambio…, ella solo tenía que aguantar unos cachetes mientras follábamos… ¡Unos cachetes de nada, por amor de Dios!... Se trataba de un jueguecito amoroso…, pero ella…, allí…, tumbada…, ¡joder, como si fuera de plástico!... La muy…, la muy zorra.
¡Que no, coño, que no lo entiendo!
Y para colmo, la muy zorra se larga de casa con la niña para arrejuntarse con el tipo ese…. ¡Pero, joder, si es policía!... Y, además, es el mismo poli que me enchironó hace cuatro años. Me pasé dos a la sombra sin ver a mi hija… ¡Menudo cabronazo!... Me quitó la libertad para robarme a mi familia. Y mi ex se cree que ese poli las va a tratar mejor que yo… ¡Y una mierda!
Sigo corriendo.
Me duele la cabeza, sí, pero creo que es por el frío.
Ya se me está pasando un poco.
Pero ya no puedo más.
Vuelvo a casa.
Trotando.
Llego.
Entro.
Me ducho.
Me visto.
Desayuno.
Cojo todas mis cosas y salgo a la calle.
Entro al coche.
Conduzco.
Mi hija…, seis años ya.
Sé que me quiere. Y yo la quiero a ella. La verdad es que no habla mucho, a mí no. Pero a veces me cuenta cosas del poli ese como si él fuera su padre… ¡Y una polla, su padre soy yo, no te jode!
No importa…, no importa…
La sorprenderé con mi disfraz de Papé Noel e iremos a comer. Luego la llevará a una juguetería para que elija lo que quiera… Todo lo que quiera… ¡Coño, soy su padre, nunca la faltará de nada!
Sigo conduciendo.
Aparco a dos calles de la cafetería.
Me cambio de ropa dentro del coche: el relleno para la barriga, el abrigo rojo, las botas negras, el cinturón, la barba blanca y el gorro rojo… Y las manoplas, también rojas.
Me miro en el espejo retrovisor.
¡Jo…, jo…, jo!
¡La hostia, pero si ese es Papá Noel!
Clavadito.
Irreconocible.
¡Jo…, jo…, jo!
Salgo del coche.
Camino.
Llego a la puerta de la cafetería.
Echo un vistazo a través de la cristalera.
Entro. Bien. Hay poca gente.

Ahí está. Solo.
Como todos los días a esta hora.
Me acerco a él.Meto la mano por debajo de mi chaqueta.
Me mira.
Saco mi pistola.
Se levanta.
–¡Jo, jo, jo!
Le pego cuatro tiros en el pecho.
Gritos.
Me doy la vuelta y salgo del local.
Me alejo.
Los gritos se apagan.
Sigo caminando.
Me aseguro de que nadie me sigue. Pero justo enfrente, hay otro Papá Noel… ¡Anda la hostia, qué suerte!... Aunque mi disfraz es bastante mejor. Quizá ese tipo tenga una hija… Me gustaría que la tuviera y que pudiera disfrutar de ella todos los días… Bueno, todos no…, solo los días que él quisiera. Nos cruzamos.
–¡Jo, jo, jo!
–¡Jo, jo, jo!
¡Je, je, qué cachondo!
Miro el reloj… ¡Coño, qué tarde! Ya me estará esperando en la puerta del colegio
Llego al coche.
Me monto.
Arranco.
Conduzco.
Miro el reloj.
Llegaré en media hora. Seguro que me regaña por mi impuntualidad…, otra vez.
No importa. Lo único que me importa es que voy a pasar unas horas en compañía de mi única hija.
¡Joder…, Dios…, Papá Noel…, y todos los Santos…!
¡Cuánto quiero a mi hijita!
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Regresa a Riverthree http://www.mareditor.com/narrativa/Regresa_Riverthree.html 

Platero de los belenes, de Julio Fernández Peláez

Platero es pequeño, peludo, suave.
Platero es tan tierno que hace las delicias de los visitantes a belenes públicos, esos que en todas las ciudades se colocan para que los niños y sus padres se aflijan con la llegada de unas fechas del todo entrañables y piensen que no todo es anuncio, lotería y bombillita inútil.
Platero es tan sensible que permanece reflexivo frente al mal aliento de quienes no paran de decir tonterías después de tomarse un par de vinos en la taberna de un amigo.
Platero es tan dócil que se deja montar por los salvajes que para hacerse una autofoto se suben sobre el lomo de los burritos de los belenes hasta reventarnos antes de darle al clik y decir: “Patata, burrito, di patata”.
Platero es tan bueno que cuando alcanza el cielo después de agonizar durante 3 días seguidos con los huesos que no tiene aplastados por más de cien kilos de grasa estúpida, no dice nada, y no se caga en la Navidad ni en la pavisosa figurita del tonto del niño Jesús, ni en la madre que lo parió y el calzonazos de su padre, ni en los reyes católicos que no traen más que mierda al establo, ni en la estrellita de papel de aluminio, ni en las ovejitas, patitos, camellos y demás fauna condescendiente que con tal de tener un papel secundario en la función, y poder renovar el contrato año tras año, permanecen inalterables e inconmovibles ante tanta injusticia en el mundo, como si las únicas cosas vivas y con sentimientos de todos los belenes fueran precisamente los ignorantes burritos plateros como yo.
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Manifiesto capitalista para destrozar corazones http://www.edicionesirreverentes.com/teatro/ManifiestoCapitalista.html 
Filamentos de tiempo http://www.edicionesirreverentes.com/teatro/Filamentos.html

18.12.14

Cuentos de Navidad 02.- Un cuento de navidad, de Félix Díaz

Rudolph, el reno jefe, fue corriendo a llamar al Jefe
—¡Santa! Aquí hay tres señores que quieren hablar con usted.
—¡Quien cojones me viene a molestar ahora! ¡Esta misma noche tengo que empezar el reparto, ¡carajo!
En la puerta del Claus’ Palace se plantaron tres monarcas, cada uno con su escolta de seguridad. Los tres grupos de soldados se apostaron, prestos a proteger a cada uno de los Reyes Magos.
Ante semejante despliegue de armamento, Santa se alarmó.
—¿Qué cojones pasa aquí? ¿Un golpe de estado?
Uno de los reyes se adelantó, protegido por cuatro hombres vestidos de caqui y con chaleco antibalas, armados con enormes fusiles ametralladores.
—Tranquilo, Santa, soy Melchor. Es que de donde venimos hay que tomar todas las medidas de seguridad posibles, los mujaidines están dándonos por culo. Disculpa a nuestras escoltas, pero por el camino nos han molestado bastante.
—Vale, ahora lo entiendo, pero aquí no hay peligro. Me ponen nervioso todos esos soldados.
Melchor hizo un gesto, sus dos compañeros asintieron y la escolta militar se apartó. Santa Claus respiró aliviado.
—Bien, ¿qué se les ofrece? Esta noche es Nochebuena y tengo trabajo, como imagino que sabrán ustedes, majestades.
—Claro que sí, y de eso queríamos hablar. Nos estás quitando el trabajo, pues lo niños prefieren pedir los regalos al principio de las vacaciones y no al final como es nuestro caso.
—Yo no tengo la culpa, majestades. No puedo hacer nada.
—Lo harás —concluyó Melchor e hizo un nuevo gesto.
Los soldados tomaron sus armas y entraron en tromba en el palacio de Santa Claus.
—Estás secuestrado —anunció Melchor—. Revisaremos todas las cartas que has recibido y verificaremos que a todo el mundo le queden pendientes la mayor parte de los regalos para el 6 de enero. Tú sólo repartirás las chucherías que mantengan entretenidos a los críos hasta que lleguen nuestros regalos.
Baltasar y Gaspar se acercaron.
—¡Y como protestes no te dejaremos ni siquiera repartir las chucherías! —exclamó el rey negro.
—Mejor protesta, así me podré comer a tus renos —añadió Gaspar, mirando con gula a los animales.
Rudolph defecó en la nieve. Estaba asustado.
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17.12.14

Cuentos de Navidad 01.- Vente a casa por navidad, de Andrés Fornells

Esperancita Cansada tenía novio. A ninguno de cuantos la conocían extrañaba este detalle porque Esperancita era de hermosa que verla alegraba la vista, despertaba el tambor del corazón y levantaba a la máxima altura la libido de quienes la tienen en sumo grado de funcionamiento.
El novio de Esperancita se llamaba Julito Desganado y poseía una gran ventaja sobre los feos, y era una hermosura física de esas que impulsan a las mujeres buenas receptoras a abrir lo que tienen cerrado y a permitir le estrenen lo que nadie les ha estrenado todavía.
Julito viajaba mucho, una actividad bastante normal en todo aquel que ejerce la profesión de viajante. A Esperancita la tenía altamente mosqueada que él viajase tanto y que en sus regresos de los viajes trajese manchas de pintalabios en los cuellos de sus camisas y algún que otro cabello rubio pegado en sus ropas (Esperancita tenía su abundante pelambrera azabache como los sobacos de un grillo que ha vivido toda su vida en una mina de carbón) y estos detalles sospechosos la ponían muy furiosa, aunque Julito lo justificara conque por lo atractivo que era, las féminas se arrimaban a él y, antes de darle tiempo a huir de ellas, dejaban sobre su irresistible persona aquellas “cochinadas”.
Esperancita, que empezaba a estar de Julito hasta el moño más íntimo, le advirtió que si no volvía a casa por Navidad para pasar ésta con ella, que la olvidase igual que Goya se olvidó de Dios cuando la mujer que más había amado en su vida, se olvidó de él. Todos sabemos que los malos cristianos le echan las culpas al Creador de todo aquello que no les sale todo lo bien que ellos desean.
Julito no pasó la Navidad con Esperancita. Esperancita se molestó muchísimo. Esperancita lloró esas malditas Mil y una lágrimas que tanto les duelen a las mujeres que aman, lo que no está escrito.
¿Y quién estaba junto a ella, junto a Esperancita para consolarla? Perfecto, habéis acertado plenamente. Y, quién habéis acertado en vuestra maliciosa suposición, le demostró a Esperancita que no son los más guapos los que la sabía naturaleza ha premiado con dones que ninguna hembra ardiente y ávida de sentirse plena al máximo ha sabido nunca rechazar.
Moraleja: Todo hombre que no cumple la promesa dada a la mujer que lo ama, que se prepare a llevar en su frente ese estigma que no es característico de los de su especie sino de la especie que, a menudo, muere en las plazas de toros.
 
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